
Hace mucho que no escribo. No ha sido por falta de ideas o de ganas. No ha sido por vagancia, o igual un poco sí. Escribo como un desahogo cuando en mi realidad hay algún muro de cemento armado que no logro traspasar porque escapa a mi entendimiento, a mi conocimiento o a mi capacidad. Y eso es algo que ha vuelto a ocurrir.
A diario me cruzo con cientos, miles de cerebros que conectan con el mío e interactúan de alguna forma. Muchas veces lo busco y otras tantas ocurre porque si, porque basta un cruce fugaz de miradas para que se cree un pensamiento conector. Es la consecuencia directa y evidente de vivir en sociedad. Pero hay otras veces, las menos, en las que alguien inicia una auténtica cacería porque sí. Es como si en ese cruce fugaz despertaras a una suerte de ciborg latente cuyo único fin, al menos en apariencia, es darte caza y acorralar tu mente entre encrucijadas absurdas, para que una vez agotada, piense como no quiere pensar y tú actúes como no quieres actuar. Que por qué? No tengo ni puta idea. No sé si vivimos rodeados de tarados, si pertenezco a un grupo de personas especialmente receptibles a esos ciborgs o si simplemente la tarada soy yo.
El caso es que desde pequeña me ocurre que si hay algún desequilibrado en cien metros a la redonda, tarde o temprano, de una forma u otra, va a contactar conmigo. O al menos a intentarlo. Son cerebros que irrumpen en el mío reclamando toda la atención, desconectando todo hilo de pensamiento y dejando mi cuerpo en un instintivo y primario estado de alerta. Las más de las veces sólo son ráfagas, décimas de segundo o incluso un cruce de palabras. Punto. Pero por segunda vez en la vida me ocurre que un cazador va mucho más allá. En su día una persona decidió que yo era un enemigo a batir. No es coña. No es invención. Intentó por todos los medios anularme, desacreditarme, separarme de los míos. De una forma tan inteligente y sutil que nadie se dio cuenta, que casi lo consigue. Cuando logré entender lo que estaba pasando estaba tan agotada que habría pagado a un par de rumanos pasando por encima de todas mis creencias y mi ética. Gran cacería.
Ahora estoy en otro punto de mira. Y resulta que con los avances de la comunicación la cacería se vuelve más desconcertante: mensajes de amenaza, identidades falsas en las redes sociales para acercarse a ti y a los tuyos, habituales llamadas a media noche que se cuelgan cada vez que atiendes…lo justo para, sin llegar a ser delito, demandar tu atención y mantener tu cuerpo en ese estado de alerta.
No se cómo sortear este muro de cemento armado. No sé a cuento de qué. Nada. Y varias preguntas se quedan sin respuesta. Por qué? Para qué? A cuento de qué? Y sobre todo: hasta dónde puede llegar un cazador y hasta dónde una presa?


