Papá y yo en la escalerilla del avión que nos trajo a España.
A veces me pregunto qué parte de mí no soy, o quién hubiera
sido si, por ejemplo, mi padre no me hubiera cogido entre sus brazos y nos
hubiéramos venido a España. No es nostalgia de otra vida, que eso ya lo cantó
Sabina y yo me lo aprendí muy bien: “No hay nostalgia peor que añorar lo que
nunca jamás sucedió” Pero esa otra Laura, la que de algún modo se quedó en
Buenos Aires, forma parte de mí aún si conocerla. Creo que es ella la que hace
que me cosquillee la nariz con según qué tango, la que come alcauciles a la
diabla, y la que se empeña casi obsesivamente en que Don Bosco, Palermo o el
cine Rex permanezcan intactos en un altar de mi memoria. Sé que los cuadros en
mi cabeza van perdiendo detalles y nitidez con el paso de los años: recuerdo el
olor del aire frío en la cara al llegar a Ezieiza, recuerdo el vestidito
celeste con zapatos azules, de charol, pero ya no sabría llegar del aeropuerto
a la que fue mi casa.
La abuela Ofelia murió cuando yo era adolescente aquí en
España, en mi casa. Al tiempo, por lo visto, vendieron la que fuera su casa en
Buenos Aires y ya nunca jamás supe qué fue de la cajita de música, de La Gran Enciclopedia de los
Pequeños, de sus vestidos de juventud con los que nos disfrazábamos mi prima y
yo de pequeñas o de esos vasitos con redondeles pintados de rojo con los que me
daba por las mañanas la leche con cocoa.
Aún hoy, más de veinte años después, sueño de vez en cuando que estoy en
esa casa, con todos los muebles cubiertos con sábanas blancas, y yo busco por
todas las habitaciones esos tesoros sabiendo que tienen que estar ahí pero sin
lograr encontrarlos nunca.
Cada vez es más fuerte el impulso de volver, aunque sea solo
por un ratito, para que la niña que se quedó y la que la mujer adulta que soy
ahora, puedan pasear juntas de la mano por las que nunca dejarán de ser mis
calles, y con un poco de suerte, nos comamos un pancho con savora en el Jardín
Japonés.
